“Lo que siempre me ha sorprendido de los occidentales es la capacidad que tenéis para aguantar el dolor en la literatura”. Se llamaba Patel, era de Mumbai, y leía a todas horas. Había heredado un negocio que le obligaba a viajar por el mundo y le pagaba los libros. Se notaba enseguida que para él todo lo que no fuera literatura, eran puros prolegómenos. Esas páginas que hay que apartar como maleza para llegar al primer capítulo.
“’Carmen’ ‘Romeo y Julieta’, ‘La Casa de Bernarda Alba’, ‘Yerma’, ‘Madame Bovary’, “Frankestein”, las tragedias griegas, las operas, las películas. No puede uno parar de llorar. Pareciera como si, en vuestras grandes obras, el destino siempre estuviera en contra de sus personajes”, me comentó. Asentí. Debo reconocer que sufrir leyendo supone para mí un placer inmenso. Y así debe de haber sido para millones durante siglos, si atendemos a los títulos que coronan nuestra literatura europea. Le respondí, sin embargo, que me parecía que esta predilección por el drama romántico casaba bien con los gustos indios (al menos los cinematográficos) que había apreciado en mi viaje. Y entonces él me contó la historia de los amantes de Lodurva para enseñarme a apreciar la diferencia.
Moomal era una princesa bella y esquiva. El apuesto Mahendra intentaba en vano ganarse su corazón. Al fin logró convencer a su doncella de que le dejara penetrar en sus aposentos, donde consiguió seducirla. La felicidad era completa, pero no podía durar. La hermana de Moomal, deseosa de conocer al amante, se disfrazó de juglar y se quedó guardando su puerta. Esa noche, Mahendra se retrasó y al saltar por la ventana encontró a su amada durmiendo en los brazos de un juglar.
En este punto, me explicó Ravi, los occidentales probablemente habría optado por el suicidio de Mahendra primero, y de Moomal, después, al ver lo que había pasado, al estilo de “Romeo y Julieta”. El personaje derrotado por la realidad. Los indios prefieren concederles una segunda oportunidad.
Tras unos días, Moomal, extrañada de que Mahendra no venga a visitarla, se disfraza de hombre y recorre todas las tabernas de la ciudad. Lo descubre en una de ellas, derrumbado en un rincón, y le reta a una partida de naipes. El, sin reconocerla, le cuenta sus desventuras amorosas. Ella, emocionada, deja caer su capa y le explica lo sucedido, y se perdonan y se aman…. Y entonces, cuando todo es perfecto, de la emoción, los dos amantes se mueren.
“¿Cómo?”, me indigné yo. “¿Ahora que todo marcha bien? Patel reía: “Ahí está la diferencia. Vosotros matáis a los personajes de pena, nosotros los fulminamos de felicidad”.
MIRIAM MÁRQUEZ
Como le pagaron en tres días, lo mismo que gana trabajando un mes en su gaceta, el periodista kosovar se ofreció para nuevos encargos en el futuro. “La guerra”, decía, “también puede ser una materia prima en una tierra que no parece tener mejores frutos”. Desde entonces, era frecuente verle salir corriendo de su mesa de redacción para recibir a un grupo de reporteros extranjeros vestidos como para ir de safari. Rápidamente, como si se tratara de una escuela de idiomas, les ponía una nota. Algunas preguntas sobre el desarrollo de la guerra, los cargos políticos y la actualidad del conflicto, servían para su diagnóstico inicial. A veces bastaba sólo verles cómo se ataban los cordones de sus botas Pánama Jack.



En realidad no se llamaba Eva, sino Anita. “Un nombre terrible en su profesión”, me dijo, “porque evocaba en muchos hombres una hermana, una abuela, un novia de la adolescencia que les dio calabazas”. Yo no estaba muy de acuerdo, pero cerré el pico. En parte porque qué sabía yo lo que pensaban los hombres polacos, y en parte porque una mujer que en cinco minutos te cuenta que es actriz porno y te invita a un cigarrillo, merece ser escuchada.
Un día, cuando le quedaba una semana para marcharse, le contó la verdad. Pensaba abrir un restaurante caribeño en Roma y estaba buscando chef. No quería un cocinero de escuela, sino una cubana con talento, que llevara delantales con aguacates dibujados y tuviera una cotorra cantando en la terraza. Y Sonia se miró los tomates de su delantal, que quizás también valieran, y le echó una ojeada azorada a la cotorra, o mejor dicho al bulto de plumas con una sola pata que dormía en la jaula. Y oyó a medias algo de ganar una fortuna, y tener un apartamento en Roma y de que los papeles no eran un problema porque él se iba a encargar de todo…… No tendría que “inventar” más. Ni estrecheces, ni autoestop, ni mercado negro, ni estraperlo, ni odas al comandante, ni sujetadores de segunda mano, ni socialismo…. No tendría que teñirse más el pelo con agua oxigenada, podría ir al teatro, comer chocolate todos los días, coger un taxi. Durante toda la semana se imaginó en los probadores de los grandes almacenes, mandando largas cartas un poco condescendientes y piadosas a los que se habían quedado en la isla. Soñó todo lo que tenía que soñar y después le dijo que no. Y por su voz, y por su aspecto, y porque balbuceaba algo de que quería quedarse con su marido, y porque estaba llorando cuando se lo dijo, parecía la escena de una telenovela barata. Pero no lo era.
