Noviembre 19, 2009

El indio que se apiadaba de Romeo y Julieta

             “Lo que siempre me ha sorprendido de los occidentales es la capacidad que tenéis para aguantar el dolor en la literatura”. Se llamaba Patel, era de Mumbai, y leía a todas horas. Había heredado un negocio que le obligaba a viajar por el mundo y le pagaba los libros. Se notaba enseguida que para él todo lo que no fuera literatura, eran puros prolegómenos. Esas páginas que hay que apartar como maleza para llegar al primer capítulo.

               “’Carmen’ ‘Romeo y Julieta’, ‘La Casa de Bernarda Alba’, ‘Yerma’, ‘Madame Bovary’, “Frankestein”, las tragedias griegas, las operas, las películas. No puede uno parar de llorar. Pareciera como si, en vuestras grandes obras, el destino siempre estuviera en contra de sus personajes”, me comentó.  Asentí. Debo reconocer que sufrir leyendo supone para mí un placer inmenso. Y así debe de haber sido para millones durante siglos, si atendemos a los títulos que coronan nuestra literatura europea. Le respondí, sin embargo, que me parecía que esta predilección por el drama romántico casaba bien con los gustos indios (al menos los cinematográficos) que había apreciado en mi viaje. Y entonces él me contó la historia de los amantes de Lodurva para enseñarme a apreciar la diferencia.

 Moomal era una princesa bella y esquiva. El apuesto Mahendra intentaba en vano ganarse su corazón. Al fin logró convencer a su doncella de que le dejara penetrar en sus aposentos, donde consiguió seducirla. La felicidad era completa, pero no podía durar. La hermana de Moomal, deseosa de conocer al amante, se disfrazó de juglar y se quedó guardando su puerta. Esa noche, Mahendra se retrasó y al saltar por la ventana encontró a su amada durmiendo en los brazos de un juglar.

          En este punto, me explicó Ravi, los occidentales probablemente habría optado por el suicidio de Mahendra primero, y de Moomal, después, al ver lo que había pasado, al estilo de “Romeo y Julieta”. El personaje derrotado por la realidad. Los indios prefieren concederles una segunda oportunidad.

Tras unos días, Moomal, extrañada de que Mahendra no venga a visitarla, se disfraza de hombre y recorre todas las tabernas de la ciudad. Lo descubre en una de ellas, derrumbado en un rincón, y le reta a una partida de naipes. El, sin reconocerla, le cuenta sus desventuras amorosas. Ella, emocionada, deja caer su capa y le explica lo sucedido, y se perdonan y se aman…. Y entonces, cuando todo es perfecto, de la emoción, los dos amantes se mueren.

 “¿Cómo?”, me indigné yo. “¿Ahora que todo marcha bien? Patel reía: “Ahí está la diferencia. Vosotros matáis a los personajes de pena, nosotros los fulminamos de felicidad”. 

MIRIAM MÁRQUEZ

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Octubre 19, 2009

¡Hasta pronto!

No, no me he fugado. Me voy a la India un mes en busca de historias “temerarias”. Echaré de menos vuestros comentarios.

Octubre 9, 2009

El periodista kosovar que vendía exclusivas a precios de calderilla

                       Empezó como traductor de albanés y de serbio. Hasta que un día, viendo tan perdido en Pristina a un flamante reportero estadounidense de un gran medio de comunicación, se ofreció para echarle una mano en la producción. Sólo horas después entregó al plumilla anglosajón un folio con direcciones y teléfonos. Por supuesto, tuvo que traducirle algunas siglas y situarle en el mapa cada uno de los lugares mencionados. Después, le hizo las llamadas, le concertó las citas, le transcribió las entrevistas, le sugirió nuevos enfoques y le subrayó con un lápiz rojo las mejores declaraciones. Esas mismas que después fueron escritas en caja alta en la sección “Mundo” de aquel prestigioso periódico de ultramar.

                   periodista nicolas vial  Como le pagaron en tres días, lo mismo que gana trabajando un mes en su gaceta, el periodista kosovar se ofreció para nuevos encargos en el futuro. “La guerra”, decía, “también puede ser una materia prima en una tierra que no parece tener mejores frutos”. Desde entonces, era frecuente verle salir corriendo de su mesa de redacción para recibir a un grupo de reporteros extranjeros vestidos como para ir de safari. Rápidamente, como si se tratara de una escuela de idiomas, les ponía una nota. Algunas preguntas sobre el desarrollo de la guerra, los cargos políticos y la actualidad del conflicto, servían para su diagnóstico inicial. A veces bastaba sólo verles cómo se ataban los cordones de sus botas Pánama Jack.

                        Pasaron dos, tres años, y las crónicas del periodista kosovar ganaban en aplomo, en profundidad, en ironía. Grandes artículos propios que pasaban desapercibidos entre un pueblo bastante pobre, bastante cansado de la guerra y que para ver muestras de la corrupción imperante sólo tiene que echar un vistazo a su alrededor. Su sueldo no aumentó una pizca, por lo que los periodistas extranjeros seguían siendo bienvenidos. Siempre que iba a su primera entrevista con uno de ellos hablaba de los artículos que había publicado –sin que su nombre apareciera en ningún sitio, por supuesto- en las más importantes cabeceras del mundo. Me dijo que no le creían demasiado –”hay tanto fanfarrón suelto en este mundo”- y él no insistía porque no quería dar impresión de colgado. A veces los periodistas escribían directamente lo que él les contaba, lo que él describía. Después de haberle sacado el jugo, los reporteros extranjeros, sin moverse de su silla,  le rebatían sus historias. Como queriendo dejar bien claro que ellos tenían también sus propias ideas. No fuera alguien a confundirse sobre el verdadero autor del texto.

          Me contó todo esto tomando una copa en un bareto medio “cool” de Pristina. “Hay de todo por ahí, pero mi experiencia general es ésta”. Yo le miré con cara de estupor sin poder evitarlo. Pero él se reía con su paquete de tabaco Marlboro y su copa de Martini, ganada con su sudor y buenas ideas. No parecía ultrajado porque nadie supiera de su existencia tras años de cobertura en la sombra.  Él vivía, digno y auténtico, comprendí. Y yo también, como los de las botas Pánama Jack, me sentí enferma de ego.

MIRIAM MÁRQUEZ

 

*Ese gran periodista no puede decir su nombre porque, obviamente, perdería una de sus principales y necesarias fuentes de ingresos.

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Septiembre 29, 2009

El infiel reincidente que compraba coartadas al por mayor

               Pensé que nadie respondería a aquella petición de entrevista dejada sin mucha fé en un foro de infieles (sí, existen, y en ellos se dan consejos, se pasan trucos, se hacen compañía), pero allí estaba aquel e-mail en mi bandeja. Me pedía un número para llamarme.  No lo hizo hasta el día siguiente. “Claro”, pensé antes de contestar, “seguro que ahora está agazapado en su despacho”.Carmin

                    Me saludó con total naturalidad, como si el tema de mi reportaje fuera el cambio climático o la crisis inmobiliaria. Me dijo que llevaba siete años engañando a su esposa, y cuatro sirviéndose de los servicios de una empresa de coartadas. Era capaz de aguantar la rutina dos meses, en los que se conformaba con escaparse con su amante a un hotel de carretera algunos jueves. Pero el tercer mes, la agencia le preparaba un viaje de trabajo, una conferencia, un premio que recoger en alguna capital europea. A la vuelta dejaba en sus bolsillos el billete de avión falso o el ticket del perfume que le había traído de regalo a su esposa. “Lo compraste en el último momento en el aeropuerto de Amsterdam y sabes que detesto esta marca”, le reprochaba su esposa. Y él asentía, un poco azorado, antes de darle un beso para que le perdonara su dejadez.

                Antes de regresar de sus viajes pasaba por su despacho a recoger su paquete. Encontraba un dossier exhaustivo sobre la ciudad elegida. Le detallaban si había hecho buen  tiempo o había diluviado, le advertían de que el principal monumento estaba cubierto por trabajos de restauración, y hasta le proporcionaban un par de críticas bien documentadas sobre el tráfico o el retraso de una escala por si le apetecía llegar a casa de  mal humor.

                   “Me considero mejor marido que cualquiera porque en vez de seguir mis instintos, he optado por cumplir con mi familia, con mis hijos, con aquello a lo que me comprometí”, me contó. “Supedito mi felicidad a la estabilidad de mi casa. La sinceridad es el precio que todos tenemos que pagar por nuestro equilibrio”. Me lo imaginé rodeado de aquellos falsos premios y menciones que, ya de paso, se traía de sus atareados fines de semana. Le pregunté si creía posible mantener esa vida durante muchos años más, si no tenía miedo de que en algún momento su mujer se diera cuenta de la mentira. Se quedó tenso y callado al principio pero después recuperó su aplomo. “Hay una cosa que he aprendido en los foros de adúlteros”, me dijo, “lo complicado para un infiel son los tres primeros años. Si una mujer no ha sospechado nada en ese tiempo, es porque no quiere enterarse”.

MIRIAM MÁRQUEZ

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Septiembre 15, 2009

La marroquí rebelde a la que un rey pagaba las facturas

                                  “Está muy cansada y un poco asustada”, me dijo su ayudante, “pero aún así le ruega que vaya a verla al hospital”. Me di cuenta por su tono que me invitaba por compromiso porque sabía que estaba en Casablanca sólo para conocer a Aïcha, y les respondí que no hacía falta. A los dos minutos, el teléfono sonó y Aïcha en persona me susurró con la poca voz que le había dejado el cáncer: “Vamos a dejar las cortesías para la gente que tiene tiempo”.

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                                   Me recibió incorporada en la cama del hospital como si estuviera en su despacho. Movía las manos, perforadas de tubos, para describirme la nueva guardería, los cambios que habían introducido en la organización, la historia de las nuevas mujeres embarazadas y abandonadas que habían llegado a  Solidarité Feminine, para escapar de la marginación y hasta del hambre. “Ahora muchos hombres marroquíes fingen haber evolucionado, ser más liberales, más igualitarios con sus novias hasta que tienen sexo con ellas. Sin embargo, cuando se enteran de que están embarazadas, se desentienden.  Algunos lo primero que hacen es darles una paliza. Así se evitan las palabras. No tienen que decir, por ejemplo,  ‘te abandono’”.  Pero ahora, al menos los de Casablanca, sí que tenían que rendir alguna cuenta. Un grupo de trabajadoras sociales de Solidarité Feminine, me contó Aïcha, se encargaban de pelear por la identidad del niño, investigaban, visitaban a la familia del padre, le sacaban los colores. Lograban, en definitiva, un futuro para él en forma de apellido.

                                     Se calló de pronto porque estaba un poco mareada. Pidió un espejo y su bolso de maquillaje. Se quitó un cerco oscuro que le había dejado el rimmel. Después se arrancó el gorro verde de hospital y se puso su pañuelo sobre sus escasos cabellos. Le iban a regañar, claro, pero mientras tanto. 1 (29)

                                    Me dijo con quién podía hablar para mi reportaje. Me contó que antes las mujeres eran más comunicativas, pero que ahora había  una ola de integrismo, a la que no quería enfrentarse el monarca Mohamed VI. Que no eran pocas las mujeres que recibían insultos en la calle, que a una le habían quemado la semana anterior el kiosko de frutas que había puesto con su ayuda.  Ella,  Farida, solía tener un gran don para contar su vida, pero ahora estaba aterrada, así que tendría que ir despacio. Me reveló que lo tendría todo resuelto con los críos si conquistaba a Mahmud, el más guerrero, el de las cicatrices en las rodillas, el jefe de ese clan de niños sin padre que podrían haber estado trapicheando en cualquier rincón si no hubiera sido por Aïcha.

                                Se calló de pronto como quien se acuerda de algo inconveniente. Se volvió hacía su ayudante y le preguntó delante de mí  si habían resuelto ya el pago del hospital.  La ayudante asintió y dijo que esa misma mañana habían recibió una carta de una personalidad sumamente importante que se haría cargo de todo. “¿S.M. Mohamed VI?”, preguntó Aïcha. Yo, claro, me reí con muchas ganas de de su ocurrencia, hasta que el  gesto de enfado  de la asistente por la falta de prudencia de Aïcha me indicaron que había metido la pata.1 (33)

MIRIAM MÁRQUEZ

*Aicha Ech-Channa fundó en 1985 “Solidarité Feminine”, una organización sin ánimo de lucro que cuida y defiende a madres solteras marroquíes y a sus hijos. Gracias a sus talleres de formación, su salón de belleza, su hamman y su panadería, las mujeres consiguen ganarse la vida.

**Las fotografías fueron tomadas por Enrique López Tapia en un viaje posterior. Aïcha, afortunadamente, ya había salido del hospital. 

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Septiembre 1, 2009

La actriz porno que odiaba la Torre Eiffel

mujer fumando 3                          En realidad no se llamaba Eva, sino Anita. “Un nombre terrible en su profesión”, me dijo, “porque evocaba en muchos hombres una hermana, una abuela, un novia de la adolescencia que les dio calabazas”.  Yo no estaba muy de acuerdo, pero cerré el pico. En parte porque qué sabía yo lo que pensaban los hombres polacos, y en parte porque una mujer que en cinco minutos te cuenta que es actriz porno y te invita a un cigarrillo, merece ser escuchada.

                       Tenía la piel transparente. Los labios y las uñas sin pintar. Llevaba una diadema azul y el cuello de la camisa blanca bien planchado. Su escote era el más tímido del vagón que avanzaba camino de Varsovia. Su ropa olía a suavizante. Y a pesar de la paz que exhalaba su atuendo, su cara estaba crispada. Había llorado. Sacó un paquete de cigarrillos de un monedero a lunares. Me hizo un gesto de convite, y salí con ella al pasillo.

                        Me contó que había viajado a Lodz para ver a su madre. Ella llevaba quince años viviendo en Francia, pero regresaba a Polonia para ver a su hija. Entonces Anita abandonaba sus tacones, la raya negra de sus párpados, el móvil con cámara, la i-pod, su vida de los últimos cinco años en la capital. Volvía a Lodz, su ciudad natal, fingiendo ser una secretaria con suelas de goma, una chica para todo con un sueldo bizco, como los demás. Pasaba menos de una semana con su madre, luchando ambas por encontrar algo que contarse. De regreso a Varsovia, traía el dinero que ella había ahorrado para que estudiara por las noches metido en un monedero muy viejo con una Torre Eiffel dibujada. Al principio se sintió mal dilapidándolo. Después, ya ganándose la vida como actriz porno, empezó a invadirla algo similar a la vergüenza al imaginarse a su madre trabajando tanto por semejante miseria. Veía acercarse en el tren las luces de la capital con los euros entre los dedos y le envolvían las ansias de revancha.

                                Aquella vez, volvía sin Torre Eiffel, sin el rulo de billetes.  Su madre, me contó, se había enterado de que Anita era Eva.

                                La última media hora de viaje, la chica estuvo un poco taciturna. Pocas ganas le habían quedado, después de desahogarse, de mirar hacia mi asiento. Sólo la vi, antes de escapar del vagón, dirigirme un guiño desenfadado. Se había quitado la diadema y se notaba en su cara la ansiedad por diluirse en la noche de Varsovia. Tenía una mirada encendida. Me pregunté cuánto tiempo tardaría en evaporarse el olor a suavizante barato.                 MIRIAM MÁRQUEZ

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Agosto 14, 2009

La cocinera cubana y la tentacion que olía a trufa

                  A Sonia un día el diablo vino a verla. Un millonario (“un capitalista de la cabeza a los pies”, cuenta ella) se alojó en la habitación de su casa reservada a turistas. Desde el principio le extrañó que en vez de brujulear por las noches, como la mayoría de los viajeros solos, prefiriera quedarse cenando con ella. Aprovechaba entonces para pedirle detalles de sus recetas, paladear sus zumos, descubrir si la fama de buena cocinera que la precedía, era cierta.

DSC_0457                 Un día, cuando le quedaba una semana para marcharse, le contó la verdad. Pensaba abrir un restaurante caribeño en Roma y estaba buscando chef. No quería un cocinero de escuela, sino una cubana con talento, que llevara delantales con aguacates dibujados y tuviera una cotorra cantando en la terraza. Y Sonia se miró los tomates de su delantal, que quizás también valieran,  y le echó una ojeada azorada a la cotorra, o mejor dicho al bulto de plumas con una sola pata que dormía en la jaula. Y oyó a medias algo de ganar una fortuna, y tener un apartamento en Roma y de que los papeles no eran un problema porque él se iba a encargar de todo…… No tendría que “inventar” más. Ni estrecheces, ni autoestop, ni mercado negro, ni estraperlo, ni odas al comandante, ni sujetadores de segunda mano, ni socialismo…. No tendría que teñirse más el pelo con agua oxigenada, podría ir al teatro, comer chocolate todos los días, coger un taxi. Durante toda la semana se imaginó en los probadores de los grandes almacenes, mandando largas cartas un poco condescendientes y piadosas a los que se habían quedado en la isla. Soñó todo lo que tenía que soñar y después le dijo que no. Y por su voz, y por su aspecto, y porque balbuceaba algo de que quería quedarse con su marido, y porque estaba llorando cuando se lo dijo, parecía la escena de una telenovela barata. Pero no lo era.

                        Un mes después de marcharse el empresario, le llegaron dos cajas de bombones y una tarjeta con un número de teléfono. Se las comió de un par de sentadas, pero no telefoneó.Semanas después, la vecina la avisó de que había una conferencia para ella. Desde el otro lado de la línea, el hombre, que ella imaginaba, quién sabe por qué, vestido de frac, le preguntó si le habían llegado los chocolates. “Ni los abrí”, respondió ella. Y los dos se echaron a reír por la mentiraMIRIAM MÁRQUEZ

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Agosto 6, 2009

El senegalés que se inventó su propia vida

               Me sorprendió que tuviera un plan tan bien trazado. Le habían prestado un móvil con cámara durante un día solamente, y tenía que amortizarlo. Lo primero que hizo fue meterse la camisa por dentro. Lo segundo, decirle al amigo que le ayudaba que no le grabara las sandalias medio gastadas. “Enseñar lo pies es algo que sólo hace la gente que no tiene dinero”, me comentó Selou. Y él hoy lo tenía todo.

                        Fuimos a la Plaza Mayor. De un tirón y sin ensayar, el senegalés situó a su familia en el centro de Madrid. Les indicó dónde se comía los bocatas de calamares, les contó la historia de Espartero (que, por supuesto en su narración, no se llamaba Espartero), les paseó por delante de las “estatuas vivientes” y los mimos. Algunos, me pareció apreciar, abrían mucho los ojos y ladeaban la cabeza para escucharle mejor.3166267

              Después, cogimos el metro para ir, claro, al Santiago Bernabéu.  Selou le enseñó a su puñado de sobrinos por dónde entraban los jugadores, aunque a la mayoría, me dijo, le gustaba más el Barcelona. Cuando volvimos al centro ya había atardeciendo y andaba a rebosar porque era sábado. Selou se había puesto de mal humor durante el día. Ahora que la grabación había terminado, sólo faltaba pedirle al dueño del móvil que le enviara las imágenes a la dirección de mail de uno de sus sobrinos. Intentaba imaginarse, y eso le entristecía, cómo recibirían en casa su “reportaje”. Le dejé camino del albergue de la asociación Karibú -donde tenía los juguetillos que vendía por la calle-, porque era ya tarde y había quedado en una de esas terrazas de los alrededores de la Plaza Mayor en las que Selou, en realidad, nunca había entrado. MIRIAM MÁRQUEZ.-

 

*Las organizaciones de atención a inmigrantes coinciden en que la mayoría “maquilla” su situación real para no decepcionar o preocupar a quienes, en sus países de origen, tienen depositadas en ellos sus esperanzas.

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Julio 30, 2009

La albanesa que un serbio compró como esposa

Vestido de novia en un escaparate de Mitrovica (Kosovo).
Escaparate de Mitrovica (Kosovo).

              Vetone llevaba casada menos de un mes. “Había tenido suerte”, me dijo, “porque en la fila de mujeres dispuestas a desposarse con el serbio desgarbado que estaba a su derecha, había verdaderas bellezas”. Marko escogió a la que le pareció sería una esposa más convencional. Le iba a costar más de 3.000 euros y el chico que había organizado el trato le tenía preparado un curioso pase de modelos. Pero él no se dejó hechizar. Seleccionó a la que podría haber sido la vecina de dos calles más arriba. Si no fuera porque en su pueblo, cercano a la multiétnica Mitrovica (actual Kosovo), ya no quedaban más que hombres. “A las mujeres ya no les gusta el campo. Se van a la ciudad, a ver si pescan alguno de esos cooperantes extranjeros que trabajan en algún organismo internacional”.

                En las poco más de tres semanas que llevaban juntos no habían podido hablar mucho porque no entendían la lengua del otro. Ambos miraban al chico que me acompañaba para el reportaje –que hablaba serbio como lengua materna y dominaba bastante bien el albanés- como si fuera una moderna piedra Roseta. Gracias a él, Marko se enteró con detalle de cómo había sido la vida de Vetone durante sus 40 años ya rebasados. Cómo había cosido más de quinientas zapatillas deportivas diarias en su pueblo natal albanés. Cómo había empezado a soñar con el modo de salir de aquella hilera de casas anodinas habitadas por mujeres de manos enrojecidas y ojos miopes de tanto coser. Cómo para ella estar en un hogar sencillo y poder llamarlo suyo compensaba de largo el tener que compartir colchón con un hombre que podía haber sido cualquier otro de los muchos que van a Albania a buscar pareja.

                Y Vetone descubrió que Marko daba por bien empleados los ahorros de casi una década porque había descubierto lo que era comer otra vez un plato caliente, que alguien le censurara que tomara tanta rakia, tener una mujer en casa que no fuera su anciana madre. A él no le importaba que Vetone fuera albanesa porque era cristiana ortodoxa de religión. Esa había sido su única condición cuando le propusieron, como a muchos otros serbios solos, el trato. Cuando volvió de Albania con la novia, cubierta de oro como manda la tradición, su madre le soltó una bofetada. “¿No la había más vieja? ¿Cómo harás para tener hijos?”, le preguntó. Él, tan tonto, no había pensado en aquello, pero improvisó con soltura: “Dándome prisa”.

                    Cuándo me fui me dijeron dos cosas: que no querían ver sus fotos, ni su nombre real, ni el de su pueblo en ningún periódico, y que volviera cuando quisiera a por más rakia. Y yo me fui con dos botellas de agua mineral llenas de licor casero y todavía sin tener muy claro si lo que había visto era una aberración o una forma, como cualquier otra, de buscar desesperadamente la felicidad. MIRIAM MÁRQUEZ

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Julio 21, 2009

La astronauta a la que los rusos maquillaron un moratón

La hija de un vendedor de tractores, de 26 años, hace historia.Ella soñaba con ver la Tierra desde el espacio. Los rusos buscaban propaganda. Querían demostrar a los estadounidenses que eran capaces de poner en órbita hasta a una mujer. A Valentina Tereshkova le dijeron que tendría que aguantarlo todo para convertirse en la primera astronauta. Ella, de por sí comunista, se volvió más decente, más sumisa, más obediente. El 16 de junio de 1963, Gaviota (su nombre en clave) describía con voz aguada por la emoción la belleza de nuestra burbuja azul.

Valentina Tereshkova dejó pasar décadas antes de contar lo que pasó después de ese momento histórico. Nunca dijo que estuvo a punto de perderse en el espacio porque hubo un error en la inclinación de la órbita de su nave. Tampoco que pasó 70 horas sin comer porque la comida no estaba suficientemente hidratada. Jamás confesó que en el aterrizaje con paracaídas cayó en mitad de un lago en Kazajstán y poco faltó para que se ahogara por la debilidad.  Al día siguiente, con una gruesa capa de maquillaje, Valentina sonreía a los cámaras de la época. Aún así, algunos de sus compañeros la acusaron de estar borracha en la nave y de faltar el respeto a sus superiores. Los mismos mandos que le habían ordenado minutos antes cubrir los moratones de su cara y disimular los rastros de su extenuación.

Durante décadas, Valentina vivió con la esperanza de volver a ver aquella burbuja. Sólo rompió su matrimonio –el divorcio suponía el fin de su aspiraciones como astronauta-, cuando los médicos le dijeron que ya no estaba en condiciones físicas para un nuevo viaje. MIRIAM MÁRQUEZ. 

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