El senegalés que se inventó su propia vida

               Me sorprendió que tuviera un plan tan bien trazado. Le habían prestado un móvil con cámara durante un día solamente, y tenía que amortizarlo. Lo primero que hizo fue meterse la camisa por dentro. Lo segundo, decirle al amigo que le ayudaba que no le grabara las sandalias medio gastadas. “Enseñar lo pies es algo que sólo hace la gente que no tiene dinero”, me comentó Selou. Y él hoy lo tenía todo.

                        Fuimos a la Plaza Mayor. De un tirón y sin ensayar, el senegalés situó a su familia en el centro de Madrid. Les indicó dónde se comía los bocatas de calamares, les contó la historia de Espartero (que, por supuesto en su narración, no se llamaba Espartero), les paseó por delante de las “estatuas vivientes” y los mimos. Algunos, me pareció apreciar, abrían mucho los ojos y ladeaban la cabeza para escucharle mejor.3166267

              Después, cogimos el metro para ir, claro, al Santiago Bernabéu.  Selou le enseñó a su puñado de sobrinos por dónde entraban los jugadores, aunque a la mayoría, me dijo, le gustaba más el Barcelona. Cuando volvimos al centro ya había atardeciendo y andaba a rebosar porque era sábado. Selou se había puesto de mal humor durante el día. Ahora que la grabación había terminado, sólo faltaba pedirle al dueño del móvil que le enviara las imágenes a la dirección de mail de uno de sus sobrinos. Intentaba imaginarse, y eso le entristecía, cómo recibirían en casa su “reportaje”. Le dejé camino del albergue de la asociación Karibú -donde tenía los juguetillos que vendía por la calle-, porque era ya tarde y había quedado en una de esas terrazas de los alrededores de la Plaza Mayor en las que Selou, en realidad, nunca había entrado. MIRIAM MÁRQUEZ.-

 

*Las organizaciones de atención a inmigrantes coinciden en que la mayoría “maquilla” su situación real para no decepcionar o preocupar a quienes, en sus países de origen, tienen depositadas en ellos sus esperanzas.

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La albanesa que un serbio compró como esposa

Vestido de novia en un escaparate de Mitrovica (Kosovo).
Escaparate de Mitrovica (Kosovo).

              Vetone llevaba casada menos de un mes. “Había tenido suerte”, me dijo, “porque en la fila de mujeres dispuestas a desposarse con el serbio desgarbado que estaba a su derecha, había verdaderas bellezas”. Marko escogió a la que le pareció sería una esposa más convencional. Le iba a costar más de 3.000 euros y el chico que había organizado el trato le tenía preparado un curioso pase de modelos. Pero él no se dejó hechizar. Seleccionó a la que podría haber sido la vecina de dos calles más arriba. Si no fuera porque en su pueblo, cercano a la multiétnica Mitrovica (actual Kosovo), ya no quedaban más que hombres. “A las mujeres ya no les gusta el campo. Se van a la ciudad, a ver si pescan alguno de esos cooperantes extranjeros que trabajan en algún organismo internacional”.

                En las poco más de tres semanas que llevaban juntos no habían podido hablar mucho porque no entendían la lengua del otro. Ambos miraban al chico que me acompañaba para el reportaje –que hablaba serbio como lengua materna y dominaba bastante bien el albanés- como si fuera una moderna piedra Roseta. Gracias a él, Marko se enteró con detalle de cómo había sido la vida de Vetone durante sus 40 años ya rebasados. Cómo había cosido más de quinientas zapatillas deportivas diarias en su pueblo natal albanés. Cómo había empezado a soñar con el modo de salir de aquella hilera de casas anodinas habitadas por mujeres de manos enrojecidas y ojos miopes de tanto coser. Cómo para ella estar en un hogar sencillo y poder llamarlo suyo compensaba de largo el tener que compartir colchón con un hombre que podía haber sido cualquier otro de los muchos que van a Albania a buscar pareja.

                Y Vetone descubrió que Marko daba por bien empleados los ahorros de casi una década porque había descubierto lo que era comer otra vez un plato caliente, que alguien le censurara que tomara tanta rakia, tener una mujer en casa que no fuera su anciana madre. A él no le importaba que Vetone fuera albanesa porque era cristiana ortodoxa de religión. Esa había sido su única condición cuando le propusieron, como a muchos otros serbios solos, el trato. Cuando volvió de Albania con la novia, cubierta de oro como manda la tradición, su madre le soltó una bofetada. “¿No la había más vieja? ¿Cómo harás para tener hijos?”, le preguntó. Él, tan tonto, no había pensado en aquello, pero improvisó con soltura: “Dándome prisa”.

                    Cuándo me fui me dijeron dos cosas: que no querían ver sus fotos, ni su nombre real, ni el de su pueblo en ningún periódico, y que volviera cuando quisiera a por más rakia. Y yo me fui con dos botellas de agua mineral llenas de licor casero y todavía sin tener muy claro si lo que había visto era una aberración o una forma, como cualquier otra, de buscar desesperadamente la felicidad. MIRIAM MÁRQUEZ

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La astronauta a la que los rusos maquillaron un moratón

La hija de un vendedor de tractores, de 26 años, hace historia.Ella soñaba con ver la Tierra desde el espacio. Los rusos buscaban propaganda. Querían demostrar a los estadounidenses que eran capaces de poner en órbita hasta a una mujer. A Valentina Tereshkova le dijeron que tendría que aguantarlo todo para convertirse en la primera astronauta. Ella, de por sí comunista, se volvió más decente, más sumisa, más obediente. El 16 de junio de 1963, Gaviota (su nombre en clave) describía con voz aguada por la emoción la belleza de nuestra burbuja azul.

Valentina Tereshkova dejó pasar décadas antes de contar lo que pasó después de ese momento histórico. Nunca dijo que estuvo a punto de perderse en el espacio porque hubo un error en la inclinación de la órbita de su nave. Tampoco que pasó 70 horas sin comer porque la comida no estaba suficientemente hidratada. Jamás confesó que en el aterrizaje con paracaídas cayó en mitad de un lago en Kazajstán y poco faltó para que se ahogara por la debilidad.  Al día siguiente, con una gruesa capa de maquillaje, Valentina sonreía a los cámaras de la época. Aún así, algunos de sus compañeros la acusaron de estar borracha en la nave y de faltar el respeto a sus superiores. Los mismos mandos que le habían ordenado minutos antes cubrir los moratones de su cara y disimular los rastros de su extenuación.

Durante décadas, Valentina vivió con la esperanza de volver a ver aquella burbuja. Sólo rompió su matrimonio –el divorcio suponía el fin de su aspiraciones como astronauta-, cuando los médicos le dijeron que ya no estaba en condiciones físicas para un nuevo viaje. MIRIAM MÁRQUEZ. 

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